Cuando compras arroz a granel, puedes comprar un kilo exacto o moverte en bloques de unos cuantos gramos, puesto que se presta mucho para colocar un grano a la vez. Lo mismo si compras queso: puedes añadir bloques tan pequeños como quieras, y tratar de ajustar tu compara a una fracción exacta de la unidad de medida. Sin embargo, si los compras empacados tus opciones se limitan: un cuarto de kilo, medio kilo o un kilo, eso si, en tantos paquetes como prefieras. Hay ocasiones en que no se puede comprar algo suelto. En un edificio ya construido, no puedes pedir un baño más y que se agregue al espacio disponible: debes o bien utilizar área destinada originalmente a otra cosa (una recámara, tal vez) y hacer las adaptaciones, o quedarte sin el baño extra.
Otro ejemplo: un automóvil de agencia puede venir con transmisión manual o automática; pero aunque el cliente pueda elegir uno u otro, no es que debajo del piso de ventas tengan un coche sin transmisión y le “enchufen” la que solicitó el cliente: tienen un inventario de vehículos de dos y cuatro puertas, en transmisión manual o automática, y con diversos paquetes de equipamiento. Y aunque es posible agregar o quitar ciertos aditamentos, suelen ser accesorios o cosméticos —como un radio o un spoiler- y no realmente importantes, como el motor o el tipo de transmisión.
Al comparar el precio de un automóvil automático con el de transmisión manual, se suele observar una diferencia de cinco a diez mil pesos, quedando la primera opción arriba. Esto porque es más cómodo de manejar y garantiza un menor desgaste del vehículo, por lo que la fábrica lo valora “más alto”, y el cliente si está dispuesto a pagar la diferencia, demuestra que coincide en esa valuación. Si no, compra la alternativa.
Cuando se compara un departamento de cierto tamaño y se ofrece “con uno o dos baños” o “con uno o dos cajones de estacionamiento”, la diferencia en el precio es equivalente al precio del baño o del cajón, aunque no puedan adquirirse sueltos. Al desagregar un componente de los “accesorios” y contrastarlos con otro departamento similar, se encuentran estos “precios implícitos” por cajones o baños.
En un giro extraño pero válido, podemos decir que, si en las encuestas previas para la elección presidencial en Colombia, el candidato oficial Juan Manuel Santos y el candidato Verde Antanas Mockus “valían” veinte puntos cada uno, y en el resultado oficial obtuvieron 46% y 21% (uno postulado por el partido de la U, hoy en el gobierno, y otro por un partido “nuevo”, el verde) puede concluirse que la estructura del Partido de la U aportó 25% más que la estructura del Verde. Y aunque la elección contó con poca participación (49.24% en el cierre del preconteo oficial), ambos pasarán a la segunda vuelta. Es decir, un movimiento estrictamente “ciudadano” con una campaña imaginativa y novedosa no alcanza a ganarle a la estructura partidista apoyada por un gobierno. Ya sea porque muchos de los simpatizantes de Mockus no fueron a votar (confiados en la victoria o convencidos de la derrota), o porque la estructura oficial sesgó o incluso alteró los resultados, la llamada “ola verde” no inundó lo suficiente. Habrá que ver si en la segunda vuelta muchos de los indecisos de hoy se presentan a favor de alguno de los dos.
A final de cuentas, en el ejemplo colombiano podemos ver el precio implícito de una estructura partidista: 50% más votos. No hay que olvidarlo: un buen candidato, con trayectoria y una buena propuesta, no basta. O se hacen estructuras electorales, o los ciudadanos nos quedaremos con ganas de llevar la imaginación al poder, y sólo podremos escoger automático o manual (en el que meten la pata antes de permitir que haya cambio)

